Cada cierto tiempo vuelve a circular la misma frase, casi siempre acompañada de una imagen de una abeja sobre una flor: «la abeja es el ser vivo más importante del planeta». La comparto o la veo compartida con buena intención, y entiendo por qué engancha: apela a algo que como apicultor, docente y perito judicial en apicultura defiendo desde hace más de una década, que es la importancia crítica de los polinizadores para la vida tal y como la conocemos. Pero precisamente por eso, y porque mi trabajo pericial me obliga a distinguir entre lo que «suena verdad» y lo que resiste una verificación rigurosa, quiero desmontar esta afirmación con calma, con fuentes primarias y sin renunciar a nada de lo importante que hay detrás de ella.
Porque la frase viral no es del todo falsa, pero tampoco es lo que parece. Y lo más interesante no es desmentirla, sino entender qué esconde: una crisis de conservación real, mucho más grave y mucho menos conocida que la de la abeja que todos imaginamos cuando alguien dice «abeja».
El origen de una frase que lleva más de 15 años circulando fuera de contexto
La afirmación no nace de un estudio científico ni de un organismo internacional. Nace de un debate divulgativo celebrado en 2008 en la Royal Geographical Society de Londres, organizado por el Earthwatch Institute, en el que cinco expertos defendieron ante el público las virtudes de distintos grupos de seres vivos. Al final del debate, el público presente votó, y la abeja ganó esa votación.
Eso es todo. Un voto de audiencia, no una declaración científica, no un consenso de la comunidad investigadora, no una resolución de la UICN ni de la FAO. Sin embargo, la frase empezó a circular años después despojada de ese contexto, como si fuera un hallazgo reciente y respaldado institucionalmente. Tuvo tanto recorrido que en octubre de 2019 el propio Earthwatch Institute se vio obligado a salir a matizarlo públicamente en redes sociales, dejando escrito con toda claridad: «fue el resultado de una votación de la audiencia en un debate realizado hace más de siete años. No tenemos ninguna evidencia científica que sugiera que son la especie más importante del planeta.»
Ese mismo año, el proyecto de verificación International Fact-Checking Network de Poynter revisó la afirmación y la catalogó como «necesita contexto»: el hecho ocurrió, pero se presentaba de forma engañosa, como una novedad reciente y con un aval científico que nunca tuvo.
Este primer punto ya es relevante desde mi perspectiva pericial: una afirmación puede ser objetivamente cierta en su origen (sí, hubo un debate, sí, hubo una votación, sí, ganó la abeja) y aun así ser engañosa en su uso, por descontextualización temporal y por atribución de un peso institucional que jamás tuvo. Es un patrón que veo constantemente en peritajes de fraude de miel y en discusiones sobre normativa apícola: el dato aislado, sacado de su marco, dice algo distinto de lo que dice dentro de su contexto original.
Un error de bulto: qué queremos decir realmente cuando decimos «la abeja»
Aquí está, a mi juicio, el problema técnico más importante de la frase, y el que menos se comenta. Cuando alguien dice «la abeja» está pensando, casi siempre, en una sola especie: Apis mellifera, la abeja melífera europea, la que gestionamos en colmenas y de la que obtenemos miel. Pero «abeja» no es una especie, es un grupo taxonómico enorme.
Según el primer informe de evaluación global del IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas) sobre polinizadores, polinización y producción de alimentos, publicado en 2016 y elaborado por 33 personas expertas a partir de más de 3.000 estudios científicos, existen más de 20.000 especies de abejas silvestres en el mundo, además de mariposas, polillas, avispas, moscas, escarabajos, aves y murciélagos que también actúan como polinizadores. Ese mismo informe se publicó de forma resumida como artículo científico en Nature bajo el título «Safeguarding pollinators and their values to human well-being» (Potts et al., 2016), una de las referencias más citadas en ecología de la polinización de la última década.
Reducir 20.000 especies de abejas —más todos los demás grupos de polinizadores animales— a una sola especie gestionada comercialmente es, sencillamente, una simplificación que no se sostiene desde la biología de la conservación. Y no es un matiz académico: es la diferencia entre proteger lo que ya está protegido y dejar de mirar hacia lo que de verdad está en riesgo.
La abeja melífera no está en peligro de extinción (y eso también hay que decirlo)
Como apicultor lo digo sin ambigüedad porque es un dato verificable: Apis mellifera no figura como especie amenazada. La Lista Roja de la UICN la cataloga con estatus de «datos deficientes» para evaluar tendencia poblacional global, no como especie en peligro. A escala mundial, el número de colmenas gestionadas ha aumentado, no disminuido: la FAO estima un crecimiento cercano al 45% en el número de colonias gestionadas desde 1961 hasta la actualidad, en gran parte impulsado por la demanda agrícola de servicios de polinización.
Esto no significa que la apicultura no tenga problemas serios, los tiene, y muy graves: el síndrome de despoblamiento de colonias, la presión de Varroa destructor y las virosis asociadas, el estrés de la trashumancia intensiva, la exposición a pesticidas neonicotinoides y las malas prácticas de manejo son realidades documentadas que afectan a la rentabilidad y la salud de miles de explotaciones, la mía incluida durante años de docencia de campo. Pero son problemas de sanidad apícola y de modelo productivo, no una crisis de extinción de la especie. Confundir ambas cosas es, de nuevo, un error de bulto que desvía recursos y atención de donde más se necesitan.
El lado incómodo del relato: cuando la abeja doméstica perjudica a las silvestres
Aquí llega la parte que casi nunca se cuenta, y que a mí, como formador en apicultura ecológica, me parece la más importante de todo este artículo: la introducción masiva de abejas melíferas gestionadas no solo no resuelve la crisis de los polinizadores silvestres, sino que en determinados contextos —sobre todo en espacios naturales protegidos con alta densidad de colmenas— puede agravarla.
El estudio más contundente y reciente en este sentido se publicó en 2025 y se realizó en la isla de Giannutri, dentro del Parque Nacional del Archipiélago Toscano (Italia), a cargo de un equipo liderado por Lorenzo Pasquali (Universidad de Białystok), Leonardo Dapporto (Universidad de Florencia) y Alessandro Cini (Universidad de Pisa). Los investigadores sellaron periódicamente la entrada de dieciocho colmenas para impedir la salida de las abejas melíferas y midieron qué ocurría con los polinizadores silvestres —entre ellos la abeja solitaria Anthophora dispar y el abejorro Bombus terrestris— durante esas ausencias. Los resultados fueron claros: cuando las melíferas no podían salir, el volumen de néctar disponible aumentó más de un 50% y el de polen casi un 30%, y las especies silvestres visitaron más flores y permanecieron más tiempo alimentándose. En paralelo, a lo largo de cuatro años de seguimiento, las poblaciones de polinizadores silvestres de la isla habían caído casi un 80%.
En España tenemos un caso de estudio propio, y muy bien documentado. Investigadores de la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) —con Ainhoa Magrach al frente del trabajo de campo, y con aportaciones de Anna Traveset (IMEDEA, CSIC-UIB), Ignasi Bartomeus y Pedro Jordano (EBD-CSIC)— estudiaron el comportamiento de abejas melíferas y silvestres durante la floración del azahar en naranjales de Huelva y Sevilla. Descubrieron que, mientras las melíferas se concentraban en los naranjos, las abejas silvestres se veían desplazadas hacia la vegetación de los alrededores, como jara y lavanda, y que ese desplazamiento provocaba un exceso de deposición de polen en esas plantas que llegaba a reducir de forma significativa su producción de semillas, por saturación de los tubos polínicos. Andalucía, recuerdan estos equipos, alberga en torno a un millar de especies de abejas silvestres —el doble que su número de especies de aves— y es uno de los puntos calientes de riesgo de extinción de abejas silvestres de toda Europa.
Esto tiene implicaciones muy prácticas para el sector apícola, y lo digo desde dentro del oficio: la densidad de colmenas por unidad de superficie, especialmente en zonas próximas a espacios naturales protegidos o con comunidades de polinizadores silvestres sensibles, debería ser un criterio técnico de ordenación territorial, no solo una decisión productiva individual. Es, de hecho, uno de los principios que traté de trasladar al redactar el Ordenamiento Apícola de Castilla-La Mancha: la apicultura sostenible no consiste solo en cuidar bien las propias colmenas, sino en entender el impacto que esas colmenas tienen sobre el ecosistema que las rodea.
La crisis real: los polinizadores silvestres sí están desapareciendo
Mientras la atención mediática se centra en una especie que no está en peligro, la evidencia sobre polinizadores silvestres pinta un panorama mucho más preocupante, y con datos que se han ido actualizando —y empeorando— en los últimos años.
La Lista Roja Europea de Abejas, elaborada por la UICN, evaluó en 2014 (Nieto et al.) que en torno al 9,2% de las especies de abejas europeas estaban amenazadas, si bien más del 57% carecía entonces de datos suficientes para una evaluación fiable. La actualización más reciente de esta evaluación, con mejor cobertura de datos (la proporción de especies con «datos insuficientes» bajó al 14%), sitúa en riesgo de extinción a al menos 172 de las 1.928 especies de abejas europeas evaluadas, en torno al 10%, con grupos concretos —como los abejorros y las abejas cortadoras de hojas y afines— superando el 20% de especies amenazadas. En paralelo, la misma actualización constató que las mariposas europeas amenazadas han aumentado un 76% en la última década, con el cambio climático ya implicado en más de la mitad de esos casos.
A escala global, tanto el informe IPBES de 2016 como los datos recopilados por la FAO coinciden en que más del 40% de las especies de polinizadores invertebrados —abejas y mariposas, principalmente— están amenazadas de extinción a nivel local en distintas regiones del mundo, y que un 16% de los polinizadores vertebrados (aves y murciélagos, sobre todo) enfrenta riesgo de extinción global, cifra que se eleva a cerca del 30% en especies insulares. Las causas que identifican de forma coincidente estos organismos son la pérdida y fragmentación de hábitat por intensificación agrícola y urbanización, el uso de pesticidas —con los neonicotinoides como principal foco de preocupación—, la contaminación por nitrógeno de origen agrícola, las especies invasoras y, cada vez con más peso, el cambio climático.
El caso sudamericano: el moscardón gigante de la Patagonia, al borde de la extinción
Si hay un ejemplo que ilustra hasta qué punto la narrativa de «salvemos a las abejas» mirando solo a la melífera puede resultar contraproducente, es el del moscardón patagónico, Bombus dahlbomii. Se trata del abejorro nativo más grande del mundo, propio de Chile y Argentina, y la UICN lo tiene catalogado como En Peligro desde 2016. En apenas una década ha perdido más del 54% de su área de distribución histórica, y ha desaparecido por completo de zonas donde era habitual desde hace más de 25 años, como el valle de Chalhuaco.
La causa principal de este colapso no es un pesticida ni, directamente, el cambio climático: es la introducción, a partir de 1997, del abejorro europeo Bombus terrestris para polinización comercial de cultivos como el tomate bajo invernadero. Entre 1998 y 2016 se liberaron en Chile alrededor de 335.000 colonias y 860.000 reinas de esta especie exótica, que hoy se ha establecido de forma silvestre y ha cruzado ya la cordillera hacia Argentina. La investigación de Marina Arbetman y su equipo (CONICET), publicada en el marco de estudios sobre transmisión de patógenos en abejorros invasores —entre ellos el trabajo sobre la propagación de Apicystis bombi asociado a la invasión de Bombus terrestris en la Patagonia—, ha documentado que el abejorro europeo no solo compite por recursos florales con el nativo, sino que actúa como vector de patógenos que antes no existían en la región, y que probablemente han contribuido de forma decisiva a su declive.
Es un patrón que como perito conozco bien de otros contextos: la introducción de una especie o una práctica con fines productivos legítimos —polinizar tomate bajo plástico, en este caso— puede generar externalidades ecológicas graves que nadie evaluó adecuadamente antes de autorizarla, y que después resultan extraordinariamente difíciles y costosas de revertir.
Y en España, ¿qué pasa con nuestras abejas silvestres?
No hace falta irse a Sudamérica para encontrar el mismo problema de invisibilidad. España es, junto con algunos países del Mediterráneo, uno de los territorios con mayor diversidad de abejas silvestres de toda Europa: se han descrito más de 1.000 especies en el conjunto del país, y solo en Andalucía se documentan en torno a un millar, el doble que el número de especies de aves de la región. Más del 90% de esas especies son solitarias —no forman colonias sociales como la melífera—, muchas nidifican en el suelo o en tallos huecos, y son responsables, según estimaciones recogidas por equipos del CSIC, de en torno al 46% de la polinización de cultivos que no depende de abejas gestionadas.
A pesar de este peso ecológico, la mayoría de estas especies carecen de nombre común, de seguimiento poblacional sistemático y de programas de conservación específicos. El trabajo de referencia para conocerlas —la Guía de campo de las abejas de España, de Ignasi Bartomeus y Curro Molina (editorial Tundra)— sigue siendo, a día de hoy, una rareza editorial en un país donde cualquier persona puede nombrar cuatro especies de aves rapaces y ninguna especie de abeja silvestre. Las amenazas que enfrentan son, en esencia, las mismas que a escala europea: pérdida de hábitat floral, uso de fitosanitarios, y en determinadas zonas, competencia por recursos con una apicultura de alta densidad mal planificada territorialmente.
Cuánto vale realmente la polinización, en números
Uno de los argumentos que sí resisten cualquier verificación es el peso económico de la polinización animal, aunque conviene citar la cifra correcta y con su fuente. El estudio de referencia de Gallai y colaboradores, publicado en Ecological Economics en 2008, calculó el valor económico de la polinización por insectos en 153.000 millones de euros anuales, equivalentes en aquel momento a un 9,5% del valor de la producción agrícola mundial destinada a alimentación humana directa; los propios autores advertían de que, al no incluir cultivos forrajeros ni otros usos, la cifra real es probablemente muy superior. Trabajos posteriores, recogidos por la FAO, sitúan el valor de la polinización animal en la producción de alimentos entre 235.000 y 577.000 millones de dólares anuales a escala global.
El informe IPBES de 2016 concreta que más del 75% de los principales tipos de cultivos alimentarios del mundo dependen en algún grado de la polinización animal, mientras que el trabajo de Gallai et al. sitúa esa dependencia en el 84% de las especies cultivadas en Europa y en el 70% de los principales cultivos destinados a consumo humano directo a escala mundial. Son cifras de estudios distintos, con metodologías distintas, pero apuntan todas en la misma dirección: sin polinizadores —silvestres y gestionados, pero sobre todo silvestres, dada su diversidad funcional— colapsarían de forma especialmente severa la producción de frutas, hortalizas y estimulantes como el café o el cacao. La FAO añade un dato que conviene subrayar: el volumen de cultivos que dependen de polinización se ha multiplicado por cuatro en los últimos cincuenta años, un ritmo muy superior al del crecimiento de las colonias de abejas gestionadas.
Diagnóstico diferencial: por qué este mito, aunque parezca inocente, nos hace un flaco favor
Como en cualquier análisis técnico riguroso, conviene separar causa principal, factores contribuyentes y efectos observados.
La causa principal de la distorsión es la descontextualización de un dato real —una votación de audiencia de 2008— presentado años después como si fuera un consenso científico reciente. A esa causa se suman varios factores contribuyentes: la enorme capacidad de viralización de contenidos que combinan una cifra impactante con una imagen entrañable; el desconocimiento generalizado de la diversidad taxonómica de las abejas, que lleva a identificar todo el grupo con la única especie que gestionamos comercialmente; y la visibilidad mediática y comercial de la apicultura frente al práctico anonimato de la investigación en polinizadores silvestres, mucho peor financiada y mucho menos atractiva para un titular.
El efecto observado más relevante es una desviación sistemática de la atención pública y, en última instancia, de los recursos de conservación: se protege discursivamente a la especie que menos lo necesita, mientras las miles de especies de abejas silvestres, abejorros, mariposas, escarabajos, aves y murciélagos polinizadores que sí están en riesgo real siguen recibiendo una fracción mínima de atención, financiación y marco legal de protección.
Conclusiones
La frase «la abeja es el ser vivo más importante del planeta» no es una fabricación sin ningún fundamento, pero tampoco es lo que su viralización sugiere. Es el resultado de una votación de audiencia en un debate divulgativo de 2008, desmentida por la propia institución que la organizó, y que además comete un error de fondo al identificar «abeja» con una sola especie —la melífera— que no está en peligro de extinción y cuyo número de colonias gestionadas, a escala global, ha crecido en las últimas décadas.
La evidencia científica disponible sostiene, en cambio, una conclusión distinta y más urgente: la crisis real de conservación afecta a los polinizadores silvestres —empezando por las más de 20.000 especies de abejas no gestionadas, y siguiendo por mariposas, abejorros, aves y murciélagos polinizadores—, amenazados por la pérdida de hábitat, los pesticidas, el cambio climático, las especies invasoras y, en determinados contextos ecológicos, por una gestión apícola mal planificada que compite directamente con ellos por recursos florales limitados. El caso del moscardón patagónico y los estudios recientes en Italia y en el propio sur de España son la prueba de que esta competencia no es una hipótesis teórica, sino un fenómeno documentado y medible.
Recomendaciones
De este análisis se derivan, a mi juicio, líneas de actuación concretas y no genéricas:
- Incorporar criterios de densidad de colmenas por unidad de superficie en la planificación territorial de la apicultura, especialmente en el entorno de espacios naturales protegidos, tal y como recoge el espíritu del Ordenamiento Apícola de Castilla-La Mancha.
- Impulsar programas de seguimiento y catalogación de abejas silvestres a escala autonómica y nacional, siguiendo el modelo de trabajos como los del CSIC-EBD en Andalucía o el catálogo sistemático de abejas de Chile de Montalva y Ruz.
- Recuperar flora autóctona melífera y nectarífera en entornos agrícolas, periurbanos y educativos, como corredores de recursos para polinizadores silvestres, más allá de las especies ornamentales habituales.
- Reducir el uso de fitosanitarios de amplio espectro, en particular neonicotinoides, en cultivos con floración simultánea a la actividad de polinizadores silvestres sensibles.
- Financiar de forma estable la investigación entomológica sobre abejas no melíferas, hoy muy por debajo de la inversión destinada a Apis mellifera.
- Trasladar a la educación ambiental, desde la infancia, la existencia de miles de especies de abejas más allá de la que todos reconocemos, como paso previo indispensable para que la sociedad pueda exigir su protección.
Desde Ecocolmena seguimos trabajando en esa dirección, tanto en la formación en apicultura ecológica que impartimos en Campus Apicultura como en el trabajo de peritaje técnico que desarrollamos en PeritoApicultura, porque la defensa real de «las abejas» —todas, no solo la que producimos y vendemos— exige precisión antes que eslóganes.
Artículo de referencia: ¿Es la abeja “el ser vivo más importante del mundo”? Científicos aclaran noticia viral y llaman a visibilizar a las abejas sudamericanas | Ladera Sur
Referencias
- Earthwatch Institute (2019). Aclaración pública sobre el origen del debate de 2008 en la Royal Geographical Society de Londres. Comunicado en redes sociales, octubre de 2019.
- Poynter Institute – International Fact-Checking Network (2019). «Bee-lieve this? Were bees just voted the most important species?» poynter.org/tfcn/2019/bees-voted-most-important-species
- Potts, S. G. et al. (2016). «Safeguarding pollinators and their values to human well-being». Nature, 540, 220–229. nature.com/articles/nature20588
- IPBES (2016). Informe de evaluación sobre polinizadores, polinización y producción de alimentos. ipbes.net/sites/default/files/potts-et-al.-2016-safeguarding-pollinators.pdf
- FAO. «Pollinators vital to our food supply under threat». fao.org/newsroom/detail/Pollinators-vital-to-our-food-supply-under-threat/en
- Gallai, N., Salles, J.-M., Settele, J. & Vaissière, B. E. (2009). «Economic valuation of the vulnerability of world agriculture confronted with pollinator decline». Ecological Economics, 68(3), 810–821. Resumen divulgativo: Agencia SINC, «El valor de los insectos polinizadores es de 153.000 millones de euros al año». agenciasinc.es
- IUCN (2014). Nieto, A. et al. European Red List of Bees. Publications Office of the European Union. portals.iucn.org/library/sites/library/files/documents/RL-4-019.pdf
- IUCN (2025). «Mounting risks threaten survival of wild European pollinators», actualización de la Lista Roja Europea de Abejas y Mariposas. iucn.org/press-release/202510/mounting-risks-threaten-survival-wild-european-pollinators-iucn-red-list
- IUCN Red List. Ficha de evaluación de Bombus dahlbomii (En Peligro, 2016). iucnredlist.org/species/pdf/21215201/attachment
- BioBioChile (2026). «El abejorro más grande del mundo, nativo de Chile y Argentina, está luchando contra la extinción». biobiochile.cl
- Arbetman, M. P. et al. Investigación sobre transmisión de Apicystis bombi asociada a la invasión de Bombus terrestris en la Patagonia (CONICET). Véase también: «Detection of Apicystis bombi in carpenter bees of Argentina», ScienceDirect. sciencedirect.com/science/article/pii/S2213224423000238
- Montalva, J. & Ruz, L. (2010). «Actualización sistemática de las abejas chilenas (Hymenoptera: Apoidea)». Revista Chilena de Entomología. insectachile.cl/rchen/pdfs/2010v35/Montalva_Ruz_2010.pdf
- Laboratorio de Ecología de Abejas, Universidad Católica del Maule (Chile). Guía Interactiva de Abejas Nativas de Chile (aplicación móvil, financiada por Explora CONICYT). ucm.cl/noticias/se-lanzo-oficialmente-la-app-conocer-las-abejas-nativas-chile
- Pasquali, L., Dapporto, L. & Cini, A. (2025). Estudio de campo sobre competencia entre Apis mellifera y polinizadores silvestres en la isla de Giannutri, Parque Nacional del Archipiélago Toscano (Italia). Reseñado en National Geographic: nationalgeographicla.com/animales/2025/08
- Magrach, A. et al. Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC). Estudio sobre competencia entre abeja melífera y abejas silvestres en naranjales de Huelva y Sevilla. Reseñado por Fundación Descubre: fundaciondescubre.es/noticias/demuestran-las-abejas-la-miel-compiten-las-salvajes-habitat
- Traveset, A. (IMEDEA, CSIC-UIB), Bartomeus, I. y Jordano, P. (EBD-CSIC). Datos sobre diversidad de abejas silvestres en España (más de 1.000 especies) y su papel polinizador. Reseñado en Nova Ciencia: «La crisis de los polinizadores, una pérdida acelerada por la apicultura y la agricultura intensivas». novaciencia.es
- Bartomeus, I. & Molina, C. Guía de campo de las abejas de España. Editorial Tundra.


Autor
Manzano, Jesús. Experto en «Ciencia detrás del comportamiento de las abejas». (2013) Autor del Manual de Apicultura en Sistemas de Producción Ecológica (5a. ed.). España, Guadalajara. Profesor de apicultura de CampusApicultura.com. Perito judicial en apicultura en peritoapicultura.com – Socio fundador de Ecocolmena.org.









